Máquinas, rituales y trincheras

2do. Encuentro de Cultura Alternativa

– 1 y 2 de noviembre de 2013 –

– en La Libre – Bolívar 646 –

¿Qué? El año pasado realizamos en La Libre un primer encuentro de cultura alternativa. Ahora vamos por el segundo. Entre mates y discusiones intentamos darle forma a los temas que aglutinarían las charlas, los talleres, las performances, las muestras y delirios que formarían parte del evento de este año. De reunión a reunión los temas se nos fueron metamorfoseando hasta decantar en estas tres palabras. Máquinas, rituales y trincheras nos moldean la vida, nos marcan el terreno, definen el ritmo de nuestras resistencias. Los elegimos como gatillos de la reflexión y la experiencia crítica, del cuestionamiento sobre nuestros modos de generar símbolos, obras y modos de habitar el mundo. A continuación, lo más parecido a una explicación que pudimos escribir:

Máquinas: entre máquinas vivimos y un poco máquinas somos, fríos aparatitos se meten en nuestra rutina como gusanos en la fruta. Muchas veces no sabemos por qué los tenemos pero los tenemos. Si no los comprás te los regalan, si no te los regalan te los imponen. Los usamos para comunicarnos, para fascinarnos, para alienarnos, para olvidarlos en la mesa de un bar. Los llevamos puestos o ellos nos llevan puestos a nosotros. De cada insecto metálico se desprende un nervio que nos conecta con el paisaje virtual. El cuerpo se vuelve packaging de productos electrónicos, portador pasivo de máquinas venéreas. Las computadoras nos contagian sus virus. Habitamos la revolución de la técnica juguete, del aparato cool, de la pantalla como ventana abierta al mundo… al mundo del consumo. Y en ese remolino le vamos encontrando la vuelta a la posibilidad de ser creativos. Las impresoras se convierten en imprentas, un auto puede ser una biblioteca, las redes sociales aceleran revueltas. En el atascamiento del tránsito virtual nacen obras de arte, formas de escritura, géneros y nuevos quilombos. Los aparatos no son neutrales, nos toquetean la percepción el mundo. Pero nosotros tampoco somos neutrales, los podemos convertir en herramientas, chatarra o fiesta.

Rituales: y sin embargo somos tan primitivos. Nos juntamos en pequeños grupos a escuchar a los contadores de historias, a los juglares del ciberespacio. Redescubrimos la carnosidad de la palabra hablada, el gustito de ser cómplices en el tráfico de bellezas que se le escurren a los sistemas masivos. La cueva urbana está tatuada de aerosoles rupestres. Por momentos hasta tenemos nuestro propio lenguaje, difícil de entender para el que viene de afuera, pero fácil de aprender para el que tiene algún desperfecto. Somos demasiado chiquitos y resbalosos para que nos aplasten. Armamos y desarmamos tribus que se conectan y desconectan entre sí. Llevamos las armas puestas, llenas de historias que van de boca en boca, de beso en beso. El encuentro, la juntada, la reunión, la feria, el festival. Pocas épocas valoraron tanto la presencia corporal del otro, la mística de estar con alguien. Y tenemos nuestras embriagueces, nuestros modos de correr los postigos de la percepción, nuestras revelaciones de chamanes improvisados, de sacerdotes sin templos ni dioses pero con muchos, muchísimos, amigos.

Trincheras: pero también hay enemigos. La mayor parte de las veces ni siquiera son personas de carne y hueso. Los enemigos de carne son los más fáciles, se los identifica, se los cascotea, se le bailan las danzas de la guerra. Pero los difíciles son los otros, lo que ni siquiera son del todo enemigos, los que son prácticas, formas de relacionarse, estrategias de indiferencia. Un programa de concursos en la televisión es más dañino que un policía armado. En el territorio físico se despliegan luchas que son la decantación de una guerra que ocurre en nuestras cabezas, en nuestras almas, en nuestros genitales. No solamente están enrejando las plazas, están alambrando todas las parcelas de libertad, todos los modos de ser feliz sin endeudarse por ello. Es la guerra que llevamos dentro, la tensión de integrarnos o desterrarnos de la ciudadela del consumo, la participación responsable y el exceso arancelado. Ante eso hacemos trincheras, trincheras adentro y afuera del cuerpo, barricadas hechas con tachos, gomas incendiadas, máquinas borrachas, cantos rituales. Trincheras que sirvan para defender el terreno ganado, que se desarman tan rápido como se vuelven a armar. Están en todos lados, en el espacio urbano y en el virtual, en nuestros lenguajes, en nuestros modos de compartir, en nuestras apropiaciones, nuestras lecturas del pasado. Cualquier recoveco es bueno para descorchar la metralla. Y que los correctos e integrados se vayan a la mierda. Todo acto de amor es una trinchera.